Por Martha Valdez

Capítulo 1: Lo primero que se ve

No es una escena corriente cómo comienza esta historia, aunque inicia en un ambiente similar a las demás. La luz azul es lo primero que el ojo enfoca. Hay sonidos predispuestos… ecos. Un hombre parado aparece al fondo de la escena, rompe la cuarta pared y nos observa, nos habla directamente desde el yo y nos permite ver que tras de él existe un ser mucho más grande que lo alberga. 

El eco predomina la estancia; eco de las palabras, de su voz y la cercanía de los escenarios que nos permite ser más cercanos a la historia de lo que se ha esperado jamás. El eco… nos demuestra que la historia está presente a nuestro frente y que nosotros somos tan reales como lo que se vaya a vivir ahí. 

También está el ambiente; rodeado, tapado, vestido y ornamentado por telas plásticas negras. Nos permite entrever el olor de la escena, de la historia hecha escena, de la escena hecha realidad. Un olor que posiblemente no se buscó pero se encontró habitando el momento, porque había algo muerto. Dentro del martadero siempre han habido lugares muertos y el olor hecho color dio carácter a todo lo sucedido en este encuentro.

Así comienza esto. «Algo» hecho a mano con carne y cuerpo, entregado en un solo vivir, en un guion elegido nunca al azar, de unas palabras pensadas más de mil veces… y escupidas como balas en un solo instante. El público inicio el encuentro al sentarse, y la historia tomó la palabra nada más mirar nuestros ojos curiosos y extraños ante lo que podía servirse allí, en ese instante. 

Capítulo 2: Las circunstancias

Los ecos son estropeados por el sonido hecho cuchillo que llega al filamento del oído, al tímpano, y resuenan allí como si no tuvieran lugar por el cual escaparse. Hay un exceso en el aire, una sensación sobrecargada de ondas mal programadas que entran y golpean el interior de las orejas que habitan el lugar, y les corta ante sus ojos las escenas…

La disonancia, sin embargo, permite observar al hombre viejo que se hace grande, y se hace humanamente real ante nuestros ojos. El hombre vive a través de las circunstancias, esas que lastiman demasiado, vive a través de los sonidos que golpean lo que no deberían lastimar, y se hace un lugarcito en el escenario pese a las circunstancias; estas circunstancias que ahí lo encuentran y dejan que nosotros lo encontremos; al hombre viejo como si fuera un niño, al niño hecho campesino, al campesino adulto hecho hombre, hecho fantasma, pese al sonido, como debió haber sido la vida para él, como debieron haber sido así de incomprensibles y dolorosas sus circunstancias. 

Capítulo 3: La ciudad y el hombre

Es un hombre pintorescamente feliz y triste el que vemos, el que se ha presentado ante nosotros, el que se ha acercado y nos ha dejado ver sus ojos. Un hombre pintorescamente feliz y triste, a la vez, que ha sido atropellado por la ciudad en la que ha vivido, la ciudad que lo ha cobijado a golpes tal vez, a fuerza tal vez, y en la que no ha querido vivir aunque parece haber estado allí siempre. Es reacia su relación, él y la ciudad nunca se han entendido, nos lo deja entrever, la ciudad y él no han sido uno mismo, solo han sido eso precisamente: la ciudad y él. 

«Todavía», dice, buscando huir de sí mismo, buscando no encontrarse en sus propias palabras, esas que despilfarra cuál viejo contando un cuento, cuál saliva escupida por la boca que no puede retener pues ya no le responde el cuerpo ni tan bien ni tan prontamente. El actor existe al fondo de la escena, se recrea tras de él como una inquietante sombra que tiene atada a los pies, una sombra que nos proyecta como es que sus pies andan doblados, como es que son tan largos, casi afilados, casi desfigurados; ese hombre se ve mucho más grande de lo que es al fondo de la escena, y permite que lo veamos, permite que lo sintamos, cuál foco no ha sido depositado al azar, cuál viejo, cuál anciano personificado, traído desde donde no se es y no se existe, cansado y confundido por tanta memoria albergada en su propia memoria, en su mente fugaz, en su locuaz intento de sobrellevar su realidad, esa realidad que no quiso que sea para él, él nos permite observarlo. 

Ante nuestros tantos ojos duplicados, replicados, modificados; el hombre se hizo grande apenas dialogar con nosotros. Ojo a ojo, voz a voz. Nos ha hablado, y nos ha envuelto en su momento azul pálido, neón brillante y opaco, neón frío, que nos indicó silenciosamente que estamos dialogando con un muerto, con un casi muerto, un ausente en su propia vida llena de acertijos y complejos abismos, un ser que no quería morir, un ser que pese a todo buscaba vivir, no huir… nunca huir de escena. 

Capítulo 4: Los no encuentros 

No hay mucho que contar aquí, o tal vez demasiado, pero las palabras no alcanzan para describir las mismas palabras que el hombre escupe como cuál viejo se ha dejado ganar por la edad y se ha perdido en su basta memoria de años y años rememorados. 

La frustración nace de su cuerpo y se proyecta y nos llega cuál impotencia que no se sabe digerir, porque si, todo se trata de sus memorias revividas, de sus malas digestiones, y llevadas por siempre a cuestas en el cuerpo, habitándolo a él, momentos de vidas transcurridas y de no encuentros que el anciano no ha soltado ni tiene pensado soltar. Jamás, el viejo, ha de dejar ir a sus muertos, nos lo deja entender lentamente, mientras los segundos pasan para nosotros, mientras el tiempo se mantiene detenido para él.

El hombre habla, cuál padre, cuál viejo, cuál abuelo perdido y aburrido en sí mismo, desesperado por volver a su tierna juventud. Desesperado por volver a ver a su madre, a su esposa, a su madre hecha esposa, a su mujer hecha mujer en sus brazos, la madre que se consiguió y amo, y dejo que lo amara, que lo amamantara y le diera de comer, y le permitiera tener hijos y ser hombre; él nos cuenta sobre ella, él nos canta al respecto de ella, con un baile, con unos pasos alado de lo que parece ser un vestido que alguna vez esa mujer que nunca veremos uso.

El hombre llora a su ausente. José llora en cuerpo la pérdida de alguien, la pérdida de su amante, de sus frutos, de sus recuerdos. Los hijos son un tema sensible para José, ese su dolor se lo siente en el aire. Como si el aire se hubiera quedado estático, como si el aire fuera una extensión de su nunca expresado dolor, como si quisiera contener esa memoria programada. José llora y protesta, se reprime ante la sensación que le han dejado sus recuerdos, pues se ve tan solo, tan avasallado por la vida y tan confundido. La impotencia brota de sus poros ya cansados, e impotente ante la vida grita, nos habla casi a gritos, casi alzando la voz muy fuerte y gravemente. El hombre, el viejo alguna vez hombre, busca no ver a sus recuerdos, busca huir de ellos, pero nos habla al respecto, nos los muestra, nos los presenta, nos los enseña, añorando a sus tiempos buenos, añorando incluso esos sus tiempos malos. José, llora a sus ausentes.

Capítulo 5: El prometido más allá.

El hombre ama a sus recuerdos, ama más que cualquiera a su corazón perdido, pero busca irse más allá, más allá del cuento, más allá del momento. No… corrección… Él no busca irse, sabe que debe irse, pero busca quedarse, y hablar hasta la infinidad de sus hijos y de sus muertos, de su mujer hecha amante, de su ventana, de sus bailes. Sabe que debe marcharse, sabe que debe partir a esa esquina donde hay olas, donde surgen torpemente las olas y la luz cegadora hecha neón, hecha un espacio frío, hecha otro mundo, hecha un silencio. 

La ventana hecha de tela es el principal indicio de que el hombre nos habla desde el más allá, diciéndonos desde su voz, desde su mente y el saludo cuál alarido parece haberse dado al azar, que ha visto al mundo desde ahí, que siempre ha estado ahí, escondido tras las murallas, husmeando incluso a su propia vida, observando hasta su propio hablar; ha visto al mundo y a la vida pasar a través de su ventana, sin interferir, sin hacer más que mirar. 

Hay una promesa suelta en el aire, y aunque es dada con cierta torpeza no desmerita el encanto del viejo que sabe que debe volver a donde no se es. Es una promesa que no quiere cumplir, pero sabe que va a cumplirla, todos sabemos que él ha de partir, todos sabemos que es un encuentro de un hola y un adiós jamás mencionado en escena.

La leyenda decía que un hombre iba a llorar a sus hijos y a su mujer en escena, que un hombre impotente ante el propio destino iba a llorarlos y a llorarse a sí mismo, a buscarlos, a demostrar su cansancio de saberse inútil y sobrepasado por la vida. Los hechos dicen que ese hombre se hizo realidad, y fue más allá incluso. Pues su transmutación en escena, en plena escena y flor de la vida recreada, demostró más… había algo que escondía él en su propio cuerpo, en su propia mente hecha un cuerpo.

Capítulo 6: Las variaciones de la historia

Un extraño musical es lo que ha nacido de este hombre que se ve en escena. No bastaron las olas para dejarnos en claro que este no iba a ser un tradicional y repetido mil veces encuentro. Surgió en un momento inesperado, una psicosis de escenas, transmutaciones amorfas de un color bipolar; azul enrojecido, rojo enverdecido, un calambre del cuerpo y la escena hecha una injuria que nos quiere condenar. El viejo sabe de lo que está hablando, sabe desde donde nos está hablando —desde su ventana hecha un mundo fugaz— pues la brecha de lo muerto y lo vivo es cada vez más evidente: nosotros que habitamos la escena como seres existentes, y el hombre, el viejo alguna vez hombre, como un ser que ya no existe y por lo tanto ya no es, lo que nos deja la duda de si en verdad es posible que lo estemos viendo y sintiendo ahí, al frente, presente ante todos nuestros ojos expectantes… 

También se trata un tema actual: la pandemia. Ingeniosamente se lo ha incluido como dichos nunca escuchados en radios que nadie de nuestro mundo ya visita. Este hombre por ser viejo sigue las viejas tradiciones, y lo oye. Para el incomprensible, pero los oye, esos sucesos que incurren en nuestra realidad, una realidad extraña que se acerca a él, y nos conecta nuevamente como si no estuviéramos viviendo dos tiempos diferentes. Los oye, nos oye, y se transforma, utiliza la indumentaria antigua para exorcizar, injuriar, tal vez hasta calumniar, la novedad de una sociedad que siempre debió mantener la fe y firmeza en las tradiciones, mantener el paso firme en lo malo conocido, y nunca jamás voltear a ver ese camino nuevo que se puede conocer.

Capítulo 7: El adiós sin palabras

No dice más. Habla y habla. Canta, cuál viejo que no puede hacer más que vivir de sus memorias, de sus herencias hechas recuerdos, y habla como si no tuviera con quien más hablar. Nos ha adoptado este viejo, como a sus nietos, como a esa gente agradable que todos los viejos agarran con dulce amabilidad y jamás sueltan, agarran con firmeza, agarran con ímpetu, ese del que su cuerpo casi carece, insisten en que «estito más» les debemos escuchar. Y se quedan, es decir; nos quedamos, a escucharlo.

Se entiende a estas aturas que la clave de todo el encuentro es el sonido torpe del mar, el viejo en el fondo sabe que debe querer irse al mar. Y entonces, uno se pregunta: cómo expresar lo que no ha acontecido en el pecho, cómo nos hace saber que quiere irse cuando irse para él es un no encuentro. Como un hombre fiel a su vida y su propia persona, atrapado en los rincones de su memoria muerta, la sombra se proyecta y nos refleja lo que acontece dentro de él: al viejo olvidado. El hombre representa su imagen. Dice ser el que ya no es, dice ser el que ya no existe. Y no quiere irse, pero sabe que está obligado a partir. Ese era el pacto de encontrarnos. Acontecer ante nosotros, luego marcharse, luego ya no existir. 

«Cada noche acontezco» indica, hablando desde su pena, la carga que lleva a cuestas. «Cada noche acontezco» grita en escena, y se entiende su razón de ser, se entiende lo que nos deja ver. Este cuento cantado en este encuentro se ha repetido una y mil veces, lo entendemos bien. No somos sus primeros nietos ni hijos adoptados al azar, no somos sus primeros espectadores. El hombre ha repetido esto una y mil veces sin poder escapar de su memoria que recuerda, siempre recuerda, y lo vive, y lo vuelve a vivir mientras nos cuenta a nosotros en otros y en ellos.

Al final, el hombre desolado, abandonado en su propia suerte, cansado, y tal vez obligado por el tiempo que comienza a agotarle las palabras, a empujarlo hacia la vía donde no se es y donde las luces no existen, va hacia el portón neón azul, azul imposible, y decide sin más, agarrando su corazón, demostrando la valentía que nunca ha llegado a tener, ir hacia su meta que es el mar, hacia su propósito demasiado remarcado. Entonces, la vida de lo que ha sido nos deja y se queda de este modo la escena en presencia, y nada más.

Así acontece la muerte, así acontece a veces el mar.

 

En el marco del festival Panorama Escénico, el equipo de comun&ca lanzó una convocatoria con la intención de congregar personas interesadas en generar materiales creativos en relación a las obras de teatro de la grilla. Dentro de la categoría “Crónica” escribieron textos:

Dania Troncoso Perez
Glenda Roxana Vidaurre Valdez