Mesa de noche es un lugar de lecturas

Un sitio de sugerencias literarias, tanto para gente que quiere leer pero no sabe por dónde comenzar, como para lectores voraces atentos a recomendaciones. Encontrarás varios géneros, algunas opiniones y fragmentos de libros. Pautas para que ni los libros ni vos duerman.

Los fantasmas del sábado 
Autor: Adhemar Manjón

(Ed. 3600, 2019)


Seis cuentos como seis disparos, rompen la noche cruceña cargada de fiesta, lujuria y soledad. El nuevo libro de Adhemar Manjón es una invitación a mirar la desgracia humana que sucede en medio de la juerga y el calor.

Los relatos están conectados sobre todo por una atmósfera cruceña muy bien lograda. Pero el autor tiene más que una postal para ofrecernos. A la par de la llovizna, que lejos de refrescar agobia, los personajes están desesperados batallando por sexo, dinero o poder, cualquier cosa que les haga salir de su vida comprimida por una realidad que los atormenta. Ansían, a su modo, darle sentido a su existencia. A todos podemos verlos de tan reales, incluso en muchos es posible que el lector encuentre algo de sí mismo. 

Desde los jóvenes que juguetean con la fantasía de un trío, hasta la prostituta de un barrio marginal que solo piensa en cómo conseguirá la comida del día, todos están en una lucha por sobrevivir. Manjón es hábil a la hora de que estos temas tan duros sean digeribles. El horror y la desgracia son más llevaderos con los dobles sentidos, la ironía y el sarcasmo que exudan los cuentos, con la naturalidad que se abren los poros en la humedad tropical. 

Se lee y ríe al mismo tiempo, hay en las historias cierta gracia, ligereza digamos, mucho más endémicas que la hospitalidad que tanto aparece como ley escrita en los graffitis que ven los personajes.

“Los fantasmas de los sábados” es solo una probadita del universo del autor, donde el calor, la lujuria y desesperanza se levantan de una siesta tropical y ponen sobre sus cuerpos desnudos la leve bata del humor. 

Quien lea quedará picado, con ganas de más.

Los fantasmas del sábado (fragmento)
“Goyo observa al tipo de la pistola , no entiende cómo pueden asaltar un lugar tan pequeño y miserable, recuerda el refrán «la necesidad tiene cara de hereje» y se pregunta si ese dicho aplica en esta situación. También se acuerda de dos refranes que para él son una contradicción: «Al que madruga Dios le ayuda» y «No por mucho madrugar amanece más temprano», se pregunta cuál habrá sido creado primero. Goyo mira hacia afuera buscando a alguien que esté esperando al ladrón. ¡Silencio!, grita otra vez el asaltante y Goyo piensa en otro refrán: «En boca cerrada no entran moscas» (y recuerda otro que lo contradice: «El que calla otorga»)” 

“Retrato de ciudad con Calavera en la mano”
Autor: Máximo Pacheco Balanza

(Ciencia Editores, 2019)


El imaginario sucrense se acomoda muy bien en cada uno de los breves capítulos de los que está compuesta ésta novela. El personaje principal parece apenas un médium, jamás se dice su nombre en todo el libro, es alguien destinado a mostrarnos que el escenario no es solo un decorado, sino trae consigo la fuerza misma de la historia. Siglos de gentes, sentires y poderes que han marcado, muchas veces sin que lo noten, a sus habitantes incluso hasta nuestros días.

Los migrantes, quienes parecen en inicio colados a una fiesta a la que no han sido invitados, vienen con todo lo suyo, suman a la ciudad sus sueños y desgracias. Y no vienen solo del campo, sino también del pasado. 

En esta novela de Pacheco las voces que narran aparecen en paralelo. Varias visiones y realidades de la ciudad se leen entrelazadas. Un médico sucrense rememora su vida sin sentido, a la par que una mujer del campo migra a la ciudad tras quedar viuda, al mismo tiempo una voz anónima nos cuenta los sucesos de La Plata colonial, esa ciudad en la que todos los personajes confluyen.

Será la mezcla, el lugar que hace de crisol de sueños y perversiones. Porque no es poco lo que pasa y no se resuelve viendo las blancas paredes de la ciudad de Sucre, sino más bien en la distancia que se logra con ella. 

Una novela intensa que combina historia, tedio e intensidad en dosis suficientes para pasmar a quien la lea.

Fragmento

“Qué son pues los hombres frente a la ciudad. Nada. Los hombres pasan, la ciudad queda, la ciudad es como un laberinto inacabado, piensas. Pero no sólo eso. La ciudad es también muerte, obviamente. Y fe. La Catedral, el cementerio, la más infecta taberna de Surapata”.

«Tejido adiposo»
Autor: Gabriel Entwistle


(Editorial 3600)


Con un título ganador la primera novela de Entwistle nos acerca a un personaje marcado por su condición física, la gordura. No es poco lo que puede decirse de alguien que posee un cuerpo voluminoso desde niño. Primo Oehler sufre los estragos que provoca su redondez. Chicholina, Grumo, Chicharrón son algunos de los apodos que le ponen sus compañeros de primaria. Para entender al personaje, el autor nos lleva a conocer su vida en Valdivia Chile, a sus padres no menos conflictivos y cargados de contradicciones, además de otros amigos y allegados.

La travesía de conocer a Primo sucede desde la voz de varios personajes. Durante la novela son muchos quienes cuentan su historia y a la par nos hablan de Primo, ya no solo desde su gordura, sino de sus miedos y errores. La historia da un gran vuelco con el divorcio de sus padres y el consecuente cambio de residencia a Bolivia. ¿Se sentirá mejor en este país?¿se sumará a su gordura el estigma de ser chileno?
Primo no siempre será gordo y las complicaciones de su vida se irán diversificando. Desde la segunda parte del libro una mirada retrospectiva nos mostrará múltiples encrucijadas. Ser gordo resultará ser apenas un entrenamiento para la angustia y desasosiego que envuelven a su vida.

(Fragmento)

«Comenzaba a percibir que su cuerpo manifestaba la antípoda de lo que su padre era: un hombre alto, atlético, con predisposición al ejercicio y a la actividad constante. Antes de cometer el acto, ingresó a la cocina, la base de operaciones de todo aspirante a la obesidad. Tenía la zona liberada. Esto es, el padre no está a la vista. Pues si algo temía, era su mirada reprobadora, proyectada desde su casi metro con noventa de estatura y coronada por sus ojos agrisados que asestaban, en un semblante a un tiempo decepcionado y molesto, una mirada que lo hacía sentir factor de decepción. Allí se engulló dos panes»