Umbral: 13/05/2021

La burbuja se ve apenas llegar. Estamos en la plaza de las banderas un viernes por la tarde. En la explanada, como algo extraño, aparece un esqueleto esférico de tubos, forrado de plástico, dentro hay una mesa blanca. El objeto es curioso perdido en ese lugar amplio. Su interior crea la ilusión de una cápsula, una pecera.

Caminando juntas por un costado, aparecen dos mujeres. Están tomadas de la mano vestidas como para irse a dormir. Entran en la estructura, allí se mueven apenas dentro del espacio,  incómodas en la estrechez del lugar cerrado. 

Se colocan pronto sobre la mesa y allí se quedan tendidas. Quietas dentro la burbuja. Hay un sol otoñal que pronto les pone la piel colorada, de afuera se ve que ni la mesa ni el calor pueden ser confortables. 

Observamos la incomodidad, el encierro, no lejano a la vida en cuarentena dentro de nuestras casas, al estar encerrados mucho tiempo, cuidándonos de ese afuera que se mira como una amenaza. 

En la plaza el peligro parece el sol, la fuerza de la resolana. En el confinamiento por pandemia no vemos de qué hay que cuidarnos, pero los reportes de enfermos y fallecidos son los que nos mantienen dentro.

En la burbuja, las mujeres se mueven poco, incómodas, atrapadas. Poco a poco el movimiento es mayor. A nadie gusta quedarse demasiado dentro. Tocan la esfera, intentan salir. Poco a poco lo consiguen, el sol es un incordio del que no pueden salvarse. Incluso cuando están fuera, parecen no poder despegarse de ese lugar que ha sido su contenedor. Como nos sigue costando a todos salir de casa sin pensar que afuera está el peligro, el horror que podemos llevar con nosotros a casa.

Todo termina como inició, con las dos mujeres tomadas de la mano perdiéndose entre la gente.