Tránsito/Transitorio: 15/05/2021

“Una caminata poética” dice la invitación virtual a este evento. El colectivo Perro Petardos ha trabajado durante años en propuestas culturales muy diversas: editorial, producción audiovisual, instalaciones, presentaciones de libro, gestión de un café cultural, organización de festivales, etc. Su accionar es tan variado como sus integrantes. Es difícil saber qué va a pasar, más cuando la cita es en la ex estación de trenes en San Antonio, el corazón mismo de la Cancha. La entrada a lo que fuera la estación de trenes es ahora un espacio de venta de ropa de cholitas. Las comerciantes están acomodadas entre pilas de blusas de colores, polleras de miles de pliegues y enaguas. Al fondo donde comienzan las rieles están tres músicos de sicuris. 

De pronto comienzan a tocar. Es un sábado de cancha, el día en que la gente se vuelca al mercado para hacer las compras de la semana. Ya en la entrada de la estación hay mucha gente. Los músicos provocan curiosidad. No es habitual una sicureada en sábado, menos allí, pero esa música la conocemos todos, es amable con la gente, llama la atención sin perturbar, más bien causa sorpresa, expectativa, esa sensación previa a las fiestas, al inicio de la celebración.

Frente a los músicos hay apilados diez bloques de sal. En sus superficies rasposas están talladas palabras y figuras: una llama, destino, tránsito, tiempo, camino. Rodeando a los músicos y a los bloques, se acomodan las personas que van llegando. Hacen lo mismo los integrantes del colectivo que van vestidos de negro.

Suena una campanita. La música se detiene, alguien toma la palabra. Es un comunicado claro, a viva voz, en el tono y fuerza de quien está ofreciendo un producto en la cancha, tal como lo hacen tantos vendedores allí mismo. Pero su oferta es la invitación a una caminata: “tal como lo hacían nuestros ancestros traemos bloques del salar de Coipasa para intercambiarlos por productos del Valle”. Pide intercambiar un bloque de sal por una sonrisa, un abrazo, un dulce, cualquier cosa o gesto.

“Vamos recua” dice como orden final. Quienes han recibido un bloque se acomodan en una fila liderada por alguien que lleva una campanita, única guía para adentrarse en la vorágine de la cancha. El camino no es fácil: hay gente, bultos, puestos de zapatos, ropa, fruta, ambulantes con todo tipo de mercadería acomodándose apenas entre los micros enormes. De tanto en tanto se escucha la campanita, por allí hay que seguir. Una cuadra, luego otra, apenas dos. La recua parece perdida en el mar de gente y comercio pero encuentra un lugar, como cada comerciante que pone un puesto de zapatitos de bebé, o de consejos. Siempre parece posible detenerse en la muchedumbre para ofrecer algo. La recua se detiene, el anuncio vuelve a salir fuerte y claro: Un bloque de sal por lo que quiera darnos, una pastilla, una sonrisa.

Pasamos la calle 25 de mayo, a esa altura de la cancha la calle está tomada por el comercio y los transeúntes. Solo ante esa cantidad de gente y trajín, los autos parecen incómodos, avanzan apenas como cuidándose de toda esa marea humana que los rodea. La recua entra por las filas de casetas en dirección al este. Otra vez es difícil seguir, no parece haber forma de permanecer juntos, pero se escucha la campanita y sabemos que no estamos perdidos.

Antes la gente de Oruro cargaba en hombro y con la ayuda de llamas, bloques de sal. Su camino del altiplano a los valles era largo y complicado. Animal y humano recorrían el paisaje agreste por días para procurar el intercambio. Entonces se sabía quienes traía la sal, de donde venía. Su forma: un bloque, decía mucho de su origen. No importa que una bolsa de plástico tenga información de la composición y factura de la sal fina. Conocer el origen, el trayecto, crea conciencia sobre los procesos, los caminos que recorre para llegar a nuestras mesas y entrar en nuestros cuerpos.

Apenas son necesarias tres paradas, la caminata no es larga. La gente quiere intercambiar, lo hace sin problemas, entre risas, divertida por la ocurrencia, más bien conforme con ese trueque que en cierta forma sobrevive.

La recua regresa. De vuelta en la estación de trenes se hace el recuento del intercambio obtenido: dos abrazos, un ramo de claveles, wira wira, un dulce, calcetines, una toalla y poco más. Hay una celebración: abrazos, música.

La caminata termina pero no. Muchos afuera seguimos caminando.