Pilares sostienen ausencias: 10/05/2021

La plaza del granado es un enclave particular en la ciudad, es la primera plaza seca, así se le dice a ese modelo de plaza traído de Europa, una espacio sin jardines, ni árboles, pensado para captar todo el sol en el invierno. En esos inviernos del norte, donde el sol se oculta en invierno, lo contrario a como sucede en esta parte del mundo.

Es mayo, pero se siente el aire frío. La plaza del Granado, la iglesia, su explanada, son todas herencias que tenemos quienes vivimos en esta ciudad.

La plaza es ancha por el lado de la calle Baptista, se estrecha en un pasillo para abrirse nuevamente hacia la calle España, donde están las floristas. Por el lado de la iglesia de Santa Teresa, la plaza es grande, espaciosa, dividida sólo por diez columnas que representan los diez mandamientos. Cruzan la plaza casi transversal y tienen la intención de dividir lo mundano y lo sagrado. 

La plaza está cargada de simbología, una capa sobre otra, una historia y otra puestas como las piedras grandes y firmes que hacen la base de las construcciones que la rodean. ¿Qué se puede hacer allí?¿quienes viven en esa plaza ahora?¿es posible darle una capa nueva?.

Al llegar se ve un piano vertical en medio de la plaza, entre dos columnas hay atadas cuerdas de donde pende un eslabón. La gente se va congregando, es una tarde de domingo, hay perros, niños, heladeros. No tan distinto de lo que ocurre allí en la semana, sobre todo antes de las restricciones por pandemia, cuando las madres esperaban la salida de los niños del kinder, o pasan los ciclistas que continúan su recorrido por la ciclovía.

El piano ahí en medio llama la atención, nos dice que algo va a pasar. Algo que no ocurre con frecuencia. Parece que hay que sacar los pianos a las calles para que la gente se detenga, para que intente escuchar. Tocar el piano es algo difícil de aprender, algo que se le ve bien a una señorita, una virtud a cultivar. No importa si además de eso debe luego casarse, cuidar a los hijos y aguantar a un marido violento.

Las madres que recogen a sus hijos de kinder, tal vez no saben tocar piano, pero saben bien todo lo que tienen que hacer y sacrificar, para cuidarlos, no solo a ellos sino con frecuencia también a sus padres y a otros que necesitan. ¿Quién puede prescindir de alguien que le cuide en algún momento de la vida?. Sin embargo, esa parece una labor olvidada, mal atribuida solo a las mujeres. 

Las columnas tienen ahora una capa más. Un mosaico en cada una, donde vemos a mujeres cuidadoras: madres, hermanas, maestras. Este es el escenario de lo que está por comenzar: 

Arranca el piano, y de pronto no es solo su sonido sino su eco. Hay una segunda voz, una repercusión que acompaña su melodía triste. Aparece por un costado una mujer, se acuesta en el piso, es suspendida en el aire entre las columnas. Arriba, su cuerpo cede a la gravedad, tiene un pie desnudo, desvalido. El pelo largo y suelto. Su camisa negra está salpicada de manchas rojas.

No hay piruetas ni malabares, lo que vemos es a alguien que batalla con la gravedad, esa lucha que tensa, encoge y tira. El piano, su canto hermoso y violento nos produce un recogimiento. Nos hace testigos silenciosos de una batalla. La mujer va cayendo, parece rendida. 

Escuchamos entonces los nombres de mujeres, una lista que nos llega en forma de rap.  Tika Nina canta los nombres que podrían ser nuestra madre, nuestra hermana, cualquiera de nosotras mismas. La que batalla y a la que alguien mata. El piano seguirá acompañando a esta mujer que regresa y tensa una cuerda negra entre las columnas, una vez más está luchando, se enreda, está bregando hasta caer rendida. 

El piano calla y a lo lejos, como si estuviera totalmente lejana, se escucha una sicureada. Se acerca, es un grupo de mujeres Warmi Pacha Kuti que tocan y se envuelven con la música, esa tan cercana y conocida. Llegan a ella que sigue tendida, le ponen el zapato, le ayudan a levantarse, se une con ellas a tocar los instrumentos, a seguir cantando.

La cuerda tensada entre las columnas es cargada de ropa de mujeres, de las que ya no están.

Todo termina con una rueda, ellas se juntan y hermanan en la música, en el medio de esa plaza y le dan así una nueva capa, una de música y de cuerpos.