Claudia A. Michel Flores

El esfuerzo por denominar al proyecto mARTadero como Espacio Cultural y no como Centro cultural parte de entenderlo como un lugar abierto, libre al tránsito, dispuesto a las irrupciones y complicidades. Un lugar de paso pero también, un lugar para proponer y construir a largo plazo. No se trata sólo del espacio físico, ni del territorio, sino del accionar, que siendo herramienta de todos puede provocar reverberaciones diversas.

Un centro cultural en su acepción más tradicional siempre ha estado lejos de lo que pasa en/por y a través de mARTadero. Las acciones han fortalecido esta decisión de ser espacio y no centro. Ya desde los comienzos han tenido una tendencia a desbordarse del espacio del ex matadero municipal. Con los años no han hecho más que expandirse y multiplicarse.

En estos momentos en que el espacio físico de mARTadero se encuentra cerrado por las restricciones de la pandemia, resulta interesante preguntarse cómo se ha transformado este espacio y qué podemos hacer ahora que no estamos físicamente en él. ¿Cómo cambió?, ¿qué podrá retomarse después de meses en que la distancia social nos ha mantenido sin encontrarnos en los lugares de antes? ¿qué espacios ocupamos? ¿es posible hacer y estar de otras formas? ¿cuáles son?.

Las imágenes de las ciudades deshabitadas durante las cuarentena, muestran calles desiertas, donde algunos animales miran desconcertados la ausencia humana. Conforme el confinamiento se va flexibilizando, estas imágenes de los espacios vacíos quedan en el recuerdo. Vuelven los autos, las reuniones públicas, las presencias en mercados y calles, sin embargo las actividades culturales serán las últimas en regresar a sus lugares habituales.

Se cree haber encontrado “otros espacios”, la explosión del internet y las redes sociales se han convertido en el ámbito de acción de la gestión cultural, sobre todo de la difusión. Sobre las posibilidades que brinda hay creyentes y ateos. Si bien puede verse en redes espectáculos y artistas que nunca antes se había tenido al alcance, la experiencia queda reducida a la calidad de los parlantes o el ancho de banda. Así como se puede disfrutar de un buen libro que ha sido liberado por una editorial, se pierde de vista toda la cadena productiva, que comenzando por el/la creador/a, se ven afectados por dicha gratuidad.
En esta ambivalencia creadores, gestores y entidades culturales han hecho esfuerzos para crear y difundir lejos de sus lugares habituales de acción y apoyándose sobre todo en el espacio virtual. Después de todo si algo se hizo durante el confinamiento fue ver películas, escuchar música y leer libros, todas formas de pasar el tiempo y “aprovecharlo”.

El espacio entonces se desdibuja y puede pensarse desde la complejidad que vivimos cada día y que no es ya solo tema de entendidos, filósofos y otros expertos que se han ocupado de este tema. Sino del ciudadano corriente que trabaja desde casa, o tiene que salir obligado a trabajar y regresar con la duda de llevar a ese lugar seguro, el contagio.

Por otra parte si bien la vida en las calles y en las instituciones culturales redujo su intensidad, nunca se detuvo. Lo mismo la creación artística y la gestión cultural han buscado sus canales. Pensar el espacio más allá del espacio físico, sin llegar a reducción del accionar virtual, puede ayudarnos a entender las nuevas formas de vida y sobre todo proyectar la gestión cultural en un panorama tan particular como el que nos ha tocado vivir.