Claudia Silva Claros
Coordinadora del área de Arquitectura y
del colectivo TAU 
del Proyecto mARTadero

E

l día que se determinó cuarentena rígida, me encontraba regando plantas de la primera intervención urbana, realizada junto al equipo de TAU: La Colina, un dispositivo urbano pensado para resignificar y dinamizar el espacio público de la Plaza Esteban Arce. Se instaló a principios de octubre de 2019 y fue el inicio de una carrera desenfrenada por ejecutar todos los proyectos que hasta el momento no se lograban concretar para la ciudad.

En el Taller de Acupuntura Urbana TAU -laboratorio ciudadano de experimentación y acción urbana- conocimos un proceso totalmente nuevo, en el que las reuniones con la gestión pública abundan y la operatividad escasea, la ciudadanía beneficiaria no siempre está interesada por algo mejor y el tiempo, es lo que menos hay, por lo que las pausas no son una opción. Por ello, en menos de seis meses, invertimos todo nuestro esfuerzo por sacar adelante doce intervenciones urbanas, enmarcadas en un proyecto cuyo objetivo es dinamizar el patrimonio a través de la ciudadanía creativa y por medio del arte. Todo pensado a partir del espacio público que nos rodea, como elemento clave de nuestro derecho a la ciudad.

Este año, nos tocaba implementar lo que había quedado pendiente y continuar con la siguiente etapa del proyecto. Pero, como en todo el mundo, la pandemia que estamos viviendo paralizó toda intención y plan.

Resulta interesante, hasta anecdótico, que la condición de encierro despertó una ansiedad colectiva por seguir: seguir produciendo, seguir creando, seguir leyendo, seguir enseñando, seguir aprendiendo, seguir difundiendo, seguir y seguir. Claro, vivimos una realidad acelerada; la globalización y la tecnología han eliminado las barreras del tiempo y el espacio, por lo que no existen motivos para detenernos, ante nada.

En mi caso, no fue muy diferente; soy integrante de TAU y al mismo tiempo, coordino el equipo, por lo que “aprovechar el tiempo” parecía ser una urgente necesidad. Después de dos semanas de “no hacer nada” el bombardeo de conferencias y talleres virtuales hizo efecto y me encontré participando en todo lo que podía: El espacio público post pandemia, Movilidad Urbana en tiempos de COVID-19, Ciclovías emergentes para combatir la pandemia, entre otros. No fui la única, mis compañeros de equipo estuvieron en las mismas. Esperábamos encontrar algo que nos permita acudir a la mesa de dibujo y comenzar con proyectos para la coyuntura actual. Pero todo tiene un proceso; nada que sea sostenible en el tiempo es fruto de lo inmediatista. Se requiere reflexión constante, más aún cuando nos vemos ante algo nunca antes experimentado. Han pasado más de dos meses, y después de varias charlas con el equipo de TAU, hemos resuelto que, a priori, no podemos ofrecer respuestas inmediatas para el retorno a esa “normalidad” que tanto se menciona.

A lo largo de la historia, tanto la arquitectura como el urbanismo han generado transformaciones a partir de las enfermedades: cambios en las formas de edificar y habitar espacios más higiénicos y humanos. Ahora, no será diferente, pero cualquier acción futura debe resultar de un profundo y pausado análisis de la realidad.

En Cochabamba, la pandemia ha visibilizado las condiciones deficientes del espacio público que habitamos. Ante el reclamo creciente de la ciudadanía, la administración pública está intentando dar soluciones. Por ello consideramos que lo más importante en este momento es participar de estos espacios para aportar con ideas que den lugar a una sinergia entre los componentes que hacen a la ciudad (sí, será un proceso lento). Mientras prosiga esta modalidad acelerada de actuar sin pausa, sin detenernos a observar y escuchar para pensar, volveremos a la “normalidad” poco prometedora en la que vivíamos días atrás.

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