Jorge Alaniz León
Coordinador del área de Teatro del Proyecto mARTadero

E

l tiempo…

Habría que escuchar un poco al tiempo y no querer ganarle, siempre, sobre todo cuando uno decide dedicarse a las artes escénicas.

De chango leía muchas entrevistas a artistas publicadas en revistas que ahora ya no existen, culpa de las redes y del movimiento rápido, seguro, ya que, si no publicas diariamente, pierdes seguidores y así hasta extinguirte. En una de esas revistas, leí que a un artista que yo admiraba le hicieron la siguiente pregunta: ¿Cómo pierde el tiempo? La respuesta fue clara, concisa y contundente: ¡Nunca pierdo el tiempo!

Era la respuesta ideal para el “intento de artista” al que me encaminaba. Nunca perder el tiempo, siempre trabajar, siempre pensar en la obra, o en la siguiente obra, o mucho mejor; mientras se ensaya/escribe/planifica una obra, simultáneamente pensar en la siguiente o en cómo mejorar la anterior de la cual no estamos satisfechos (nunca lo estaremos), todo eso también, como consecuencia de la frase “dormir es una pérdida de tiempo”, frase aplicable a las típicas noches de insomnio en las que siempre tuve a lado una computadora, un cuaderno de apuntes, un libro o algo para avanzar en el proceso artístico y así esquivar esas noches nada productivas.

No por nada, la teoría dice: “el teatro, en lo efímero que es, cuenta con apenas una o dos horas para contar una historia” entonces, hay que apurarse, hay que optimizar el tiempo, hay que sacarle el máximo provecho, hay que dormir poco, comer rápido, evitar charlas innecesarias, bañarse mientras dura una canción, desayunar y leer noticias al mismo tiempo, acostarse tarde y despertar temprano, organizar el día minuciosamente y respetar los horarios, corregir textos mientras se coordina un ensayo y ensayar mientras se postula a un premio o festival.

Correr, siempre correr.

Todo corre en este mundo, o al menos yo decidí correr.

Pero también existe el freno, y como “mal corredor” que soy, el freno me lo pongo yo mismo o me lo pone aquello a lo que le dedico mi tiempo: el teatro, freno que se presenta con ese convivio (que tanto uno busca en el teatro) y que lo único que me pide es “vivir” ese encuentro, es decir: no darle importancia a las pésimas actuaciones, al vestuario que no propone una estética, a la mala vocalización de las/os actrices/actores, ni a las luces, ni a la música, ni al “puto celular” que siempre suena.

Vivir, solo vivir.

Y al salir del teatro, detenerse un momento afuera, respirar y sentir que todos los pedazos fragmentados con los que llegué a la obra, ahora y de alguna forma, se han unido y hacen que sienta un poco de tranquilidad. Seguramente, una siguiente obra se encargará de hacer lo contrario.

Hasta eso, solo queda seguir queriendo ganarle al tiempo.

Aunque eso no se pueda, claro.

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