Juan Malebrán
Coordinador del área de letras del proyecto mARTadero

A

lgo en la demora nos agobia. Algo en la inactividad nos sofoca. Así, detenerse resulta una máxima que estamos dispuestos a evitar en nombre de lo que sea. Como si aquello que ocupa a diario nuestra monotonía fuese una labor del todo imprescindible. O incluso como si nosotros mismos, de paso, también lo fuéramos.

Desde ahí, nada extraño ser vistos con sospecha por los fanáticos y acelerados defensores del estrés cada vez que se propone bajar el tono. Dar un paso al costado y sentarse a tomar un respiro, mientras el ruido siempre más que las nueces nos satura en forma de incendiarios llamados a la multiacción.

Más allá de la necesidad narcisa de parecer siempre vigentes, comprometidos, dispuestos a levantarnos en armas virtuales, por supuesto. Está claro que gran parte de este entusiasmo se debe al pavor que nos embarga cuando, desprovistos de tanta alharaca, nos vemos a solas, frente a frente, con nosotros mismos.

Ejercicio nada fácil el de soportarse. Bastan apenas unos cuantos minutos para que el tedio abrume y consideremos, nuevamente, el deber de llenar el mundo con nuestra presencia. Porque no toleramos el vacío del que con mayor o menor entereza somos parte. Quizás por eso (y sin ahondar en razones), hacemos: con tal de sentirnos útiles, productivos y, sobre todo, para mantener a raya nuestro aburrimiento.

Difícil no entregarse, sin más, a la vorágine desde la cual suponemos estar comprendiendo aquello que somos y que nos rodea, cuando pareciera una exigencia, ya sea el pronunciamiento o la reacción inmediata ante hechos que no logramos asimilar siquiera. Porque hay algo en la demora que nos agobia. Como si no fuera, precisamente, la capacidad de tomar distancia la que evita que vayamos dando manotazos contra el aire.

No estaría mal intentar acercarnos con menos reticencia al detenimiento. Después de todo, el ocio siempre permitirá poner en práctica perspectivas distintas a las de uso cotidiano. Menos forzadas. Menos estreñidas. Menos uniformes. Mucho más conscientes del paso del tiempo y, por ende, más próximas a los detalles que, en medio de nuestra obsesión por lo fecundo, sin darnos cuenta, no hacemos más que pasar por alto.

Imagen: Contemplación de una marejada interior.
Fernando Ossandón Zubieta, 2016.

*José Watanabe, La silla perezosa

Imagen: “Contemplación de una marejada interior
Imagen: “Contemplación de una marejada interior” Fernando Ossandón Zubieta, 2016.
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