Crónica de un partido de voley disputado en El Abra entre las reclusas de la cárcel de San Sebastián y las integrantes del Proyecto mARTadero.

Divididos apenas por una red, dos grupos de mujeres inician un partido de voley. Durará tres sets y ganarán las de uniforme amarillo. Las vencedoras regresarán a la cárcel de San Sebastián, donde viven juntas. Las perdedoras a su vida normal, entre la perplejidad y conmoción de haber sido parte del campeonato de Régimen Penitenciario, son del improvisado equipo de voley del Proyecto mARTadero.

Hasta aquí ninguna definición parece relacionarse con la otra: gestión cultural, cárcel de San Sebastián, campeonato de voley. Si algo tiene de gracia la gestión cultural en Bolivia, es la posibilidad de transitar la maraña de la realidad.

Hace unas semanas, el Proyecto mARTadero coordinó la realización de un mural hecho por los artistas urbanos Oveja, Puriskiri y Khespi Pacha en la cárcel de San Sebastián Mujeres. Este contacto, consecuencia de otros anteriores, permitió un diálogo que trajo la invitación a conformar un equipo de voley para un amistoso con las reclusas. Ellas tienen un equipo, pero no podían participar del campeonato ante la ausencia de contrincante.

Convengamos que la gestión cultural no está muy relacionada al deporte, pero sí a las experiencias inusuales. De ahí que haya bastado una invitación para armar un equipo femenino de voley del Proyecto mARTadero, con mínima habilidad deportiva, pero, eso sí, con mucho entusiasmo.

“Veo demasiada televisión”, pienso al entrar al centro penitenciario de alta seguridad de El Abra. Allí nadie lleva uniformes a rayas, no hay gente enmanillada, ni sala de visitas con teléfonos y vidrios que separen visitantes de reclusos.


Lo primero que hay al entrar es un parque infantil, casi en frente una capilla y al lado un cancha polifuncional, junto a ella un edificio central con ventanas diminutas donde se pueden ver zapatos, ropas colgando y, de tanto en tanto, hombres que se asoman.

Alrededor de la cancha hay puestos de comida, casetas metálicas pintadas de rojo o azul, abarrotadas de gaseosas y galletas. Casi todas con una pizarra que anuncia el menú. En el penal de máxima seguridad del El Abra se puede comer ceviche, silpancho, pollo al horno, kawi y picante de pollo, entre otros platos. También hay meriendas: gelatina, flan, queque y empanadas.

Hay familias comiendo en las mesas comunes, vendedores ambulantes, música en los parlantes. Un partido de fulbito está en el primer tiempo. Este podría ser cualquier barrio de una zona popular de Bolivia, hay tierra, gente, comercio y un sol de invierno inclemente que fatiga a todos por igual.

La cárcel de El Abra es una de las cárceles de alta seguridad de Bolivia. Con cerca de 734 internos, se constituye en uno de los centros penitenciarios con mayor población. Se trata de una cárcel de varones con sentencia ejecutoriada. Allí se cumplen condenas por asesinato, robo, violación, y aquellas relacionadas a las Ley 1008. Cada año, los centros penitenciarios organizan un campeonato de distintas disciplinas. Esta vez confluyen en la cárcel de El Abra equipos de fútbol, básquet y voley de varios centros penitenciarios de Cochabamba.

Una niña sube al resbalín, abajo está su padre para sujetarla, a su lado su hermano y su madre. Tres veces a la semana el penal abre sus puertas a las visitas, de 9 a 17:00 horas. Eso sí, hace falta pasar por el resguardo policial, dejar mochilas, gorras, celulares. Cada bulto es revisado en detalle, hombres y mujeres deben pasar a cabinas individuales. Hay que jalarse el sostén hacia adelante, bajarse los calzones y hacer dos sentadillas. Eso es todo. Luego viene un jardín mustio, un pasillo con malla olímpica y enseguida el parque infantil, la cancha, el sol y las familias.

Araníbar es moreno y joven, lleva lentes con montura gruesa. Tiene el pelo corto peinado con esmero, parece un funcionario de Régimen Penitenciario. Le preguntamos dónde trabaja. “Yo estoy por asesinato, no tengo por qué ocultarlo”, nos cuenta con la serenidad de quien comenta el clima. Solo le quedan cuatro años para salir. Es uno de los delegados que eligen los internos del penal, y viene a recibirnos y a preguntar si queremos almorzar antes de jugar.

El partido de voley es todo lo que se puede esperar de un grupo de mujeres que viven en un reclusorio donde deben apartar las mesas del comedor para entrenar, contra otro cuya actividad física se reduce a mover sillas, armar escenarios y montar exposiciones. Pero eso es lo de menos. Están allí y juegan al voley, como en cualquier campeonato barrial. El sol quema todas las mejillas, la pelota esquiva todos los brazos. Mientras dura el partido, jugar es todo lo que importa.

Al final hay apretón de manos, besos en las mejillas y una foto grupal. Todas un poco hermanadas en el deporte, como tanto pregonan los entusiastas. Pero, en realidad, estamos allí para darnos mutuamente una pausa, como se hace con el arte, para soportar la realidad y luego seguir.

Crónica escrita por Claudia Michel
Responsable de Programación Proyecto mARTadero
Escritora – claudiamichel@gmail.com